
Rafa siempre pregunta para quién cocinas antes de servirte los tomates. Si dices que para una suegra exigente, te da los más vistosos; si es para gazpacho, busca los maduros que se rinden al cuchillo. Vender, dice, empieza por escuchar qué sueño se va a poner a la mesa.

En la plaza de Úbeda, el regateo es como una copla: tiene pautas, ritmo y final contento. Nadie pretende ganar humillando; se busca equilibrio y sonrisa. Si la cartera anda dura, aparecen medias docenas generosas, un manojo pequeño de perejil, o la promesa de volver pronto.

Hay libretas con tachones que guardan inviernos difíciles. Paqui apunta un kilo de garbanzos para la semana que viene y mira a los ojos sin prisa. Sabe que el hambre no firma recibos, pero el pueblo sí firma afectos. Y los afectos, de alguna forma, pagan.
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